De la obscuridad a la luz
“Yo soy la luz del mundo, quien me sigue, no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida.” (Jn. 8, 12)
Los cristianos consideramos la vida como un constante caminar. Al destino solo se llega cuando se muere, mientras tanto, el objetivo es el camino.
Nadie quiere caminar en tinieblas, a menos que se tenga algo que esconder. En la vida hay tantos peligros que entre más luz se tenga, mejor se viajará. Sin embargo, todos, tarde o temprano, pasamos por ”la noche obscura“ descrita por San Juan de la Cruz.
Desgraciadamente, nadie está exento de perder el camino, pues no siempre estamos dispuestos a permanecer en la luz. No es un problema de Dios fuente de toda luz, sino de la débil naturaleza humana que se deja deslumbrar por destellos artificiales durante el camino y los confunde con la verdadera luz.
Me gusta la metáfora de Carlo Careto en sus “Cartas del desierto” donde dice que el ser humano nace dos veces; la primera vez al salir del seno de su madre, y la segunda del seno de Dios. Para el primer nacimiento por lo general, requerimos de nueve meses en que nuestro cuerpo madura y se prepara para la vida física. Para el segundo nacimiento, el tiempo es variable; depende del crecimiento personal ayudado por la gracia de Dios. En nuestro primer nacimiento no intervenimos en lo absoluto, en el segundo nuestro esfuerzo es un requisito: “Dios quien te creó sin tu ayuda, no te salvará sin ella” dijo el gran San Agustín.
Así como el feto no puede ver a su madre pues está dentro de ella, así nosotros no podemos ver a Dios, nuestra madre espiritual hasta que nazcamos a la vida eterna (o muramos en la presente). Entonces “veremos a Dios cara a cara” como dice San Juan.
Mientras tanto, no hay otro método para conseguir la luz necesaria en esta vida, mas que con la búsqueda incansable del rostro de Dios a través de la oración. Eso es precisamente lo que canta Jésed.
Si uno escucha con atención (y el corazón abierto) la música de Jésed, podrá descubrir que por lo general, es resultado de la oración del autor; y no pocas veces, esa música inspira a orar.
La música de Jésed no es creada para estimular, para bailar, ni para pasarla bien como objetivo. Su finalidad no es lo estético aunque lo utiliza como herramienta; sino que promueve el acercamiento a Dios. Y como mencioné antes, la cercanía de Dios nos ilumina, nos da la luz necesaria para avanzar en la vida y madurar para el segundo nacimiento.
Por ello, me gusta la dualidad de la obscuridad y la luz para describir el ministerio de Jésed. Jésed promueve este acercamiento a la luz que todos necesitamos, pues así es la vida: un constante viaje de la obscuridad a la luz. Nadie está perfectamente iluminado ni nadie totalmente en las tinieblas; todos estamos en un punto entre los dos, a veces más, a veces menos.
Le doy gracias a Dios por el ministerio de música de la comunidad Jésed. En mi vida ha dejado una marca. Gracias a él he recibido luz y continúa inspirándome para volver constantemente al Padre. Es mi deseo pues, que todos los que escuchen esta música, puedan ser inspirados a ir a la fuente de toda luz y vivir así las promesas de Cristo: “Vengan a mí los que estén cansados y agobiados por la carga que yo los aliviaré" (Mt. 11, 28); "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí", como dice la escritura: De su seno correrán ríos de agua viva”, (Jn. 7, 37-38) y más adelante: “Yo les daré vida, y vida en abundancia” (Jn. 10,10).
Hugo Villegas
Diseñador del website
Frankfurt 6 Abril 2009



